Benedicto XVI

   Durante una estancia de estudio en Alemania el pasado agosto pude constatar cierto ambiente de preocupación ante la anunciada visita de Benedicto XVI. La televisión, al informar durante esos días sobre la JMJ madrileña, parecía más preocupada de un reparto de tiempos típico de la equidistancia de una campaña electoral, que enfrentara a católicos y ateos, que de reflejar la magnitud del evento. No faltaban también ya grupos discrepantes en suelo germano, que parecían amenazar el éxito del viaje.

   Días después de culminada la visita pude participar en Odessa en un congreso jurídico, ruso-germano en lo que al idioma se refiere. Aproveché para sondear la impresión de los colegas alemanes y percibí una actitud particularmente positiva. El Papa había hablado en cada circunstancia apuntando al núcleo central de los problemas planteados.

   Leyendo con más calma sus discursos era fácil recordar las consecuencias que su compatriota Habermas, que presume de “mal oído” para lo religioso, expresaba tiempo después de su encuentro en la Academia de Baviera: había que superar el ‘secularismo’ contribuyendo a forjar una sociedad ‘postsecular’, que debería apoyarse en un doble proceso de aprendizaje: el ya existente entre los creyentes, conscientes de que han de traducir sus argumentos a un lenguaje que permita compartirlos a los que no suscriben su fe, y otro aprendizaje, por el momento inédito, que lleve a los no creyentes a proponerse otro tanto.

   A los musulmanes les recordó que es preciso “dar testimonio de forma propositiva de aquello en lo que se cree, sin sustraerse al debate con el otro”

   Facilitando el aprendizaje

   El Papa, actuando como viejo profesor, no dudó en dar una doble lección. Su discurso en el Bundestag ha acaparado la máxima atención, pero cobra aún más significado si se lee en paralelo al dirigido el día siguiente a los quince representantes de las comunidades musulmanas presentes en Alemania.

   El discurso ante diputados y senadores contaba entre sus puntos de referencia decisivos las propuestas laicistas, apoyadas en la forzosa necesidad de un relativismo presuntamente neutral. Sin esquivar su responsabilidad eclesial, Josef Ratzinger se presentaba “como un connacional” consciente de su “responsabilidad internacional”. Abordando de frente la cuestión, no dudó en plantear el mismo interrogante que Kelsen, pontífice del relativismo, había tomado de San Agustín: “qué distingue al Estado de una gran banda de bandidos” (me remito a la versión atribuida a la Editrice Vaticana).

   A diferencia de Kelsen, cuyo escepticismo actualizaba el de Pilatos, consideraba imprescindible para encontrar la respuesta adecuada “distinguir entre el bien y el mal, entre el derecho verdadero y el derecho sólo aparente”, para no repetir experiencias en Alemania no olvidables; o sea, preguntarse por “lo que es justo respecto a las cuestiones antropológicas fundamentales y pueda convertirse en derecho vigente”.

   Benedicto XVI dio por hecho que los cristianos son conscientes de sus deberes: bien entendido, “el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un ordenamiento jurídico derivado de una revelación”, sino que “se ha referido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho”. No necesitó derivar las exigencias jurídicas de los libros sagrados, porque no dudó desde su origen en dialogar con quienes, sin la gracia de la fe, manejaban con soltura la razón: “los filósofos estoicos y notorios maestros del derecho romano”, que habían ya establecido un “vínculo precristiano entre derecho y filosofía”, sin el que siglos después la Ilustración no habría sido imaginable.

   Vínculo entre Derecho y filosofía

   Habría que desconocer la historia para considerar que el cristianismo necesite recibir lecciones de una laicidad de la que fue pionero: “Para el desarrollo del derecho, y para el desarrollo de la humanidad, ha sido decisivo que los teólogos cristianos hayan tomado posición contra el derecho religioso”, vinculado a la fe, “y se hayan puesto de parte de la filosofía”. No dudó el Papa a la vez en reconocer que, ignorando esa realidad, “la idea del derecho natural se considera hoy una doctrina católica más bien singular, sobre la que” –en consecuencia– “no vale la pena discutir fuera del ámbito católico”.

   Hace pocos días un intelectual socialista –García Santesmases– acusaba a los católicos defensores del derecho a la vida de no saber distinguir entre pecado y delito; con lo que sólo demostraba que sus prejuicios le impedían admitir que un católico pueda razonar sobre lo que merece ser tipificado como delito sin abrir primero el misal; divertido, en el fondo…

   La raíz del problema radica en empeñarse en encerrar angostamente a “la razón en una visión positivista, que muchos consideran como la única visión científica”. Reconociendo que “la visión positivista del mundo es en su conjunto una parte grandiosa del conocimiento humano”, Benedicto XVI se carga de razón para añadir que “ella misma, en su conjunto, no es una cultura que corresponda y sea suficiente al ser hombres en toda su amplitud”, sino que resulta incapaz para presentarse “como la única cultura suficiente, relegando a todas las otras realidades culturales a la condición de subculturas”.

   Sin duda el resultado de ese intento le parecerá a más de uno positivamente “funcional”, pero quien no esté dispuesto a soportar la claustrofobia propia de “los edificios de cemento armado sin ventanas, en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos”, experimentará la necesidad de “volver a abrir las ventanas”.

   Ecología del hombre

   Particularmente elocuentes fueron los elogios del Papa a los planteamientos ecologistas, que no dejaron de suscitar sonrisas, al haberse distinguido ese grupo junto a los postcomunistas en el intento de boicotear su discurso parlamentario, intentando reeditar el penoso numerito de la Universidad romana de La Sapienza.

   ¿Qué puede justificar que unos políticos rechacen a uno de los más destacados intelectuales que defiende planteamientos similares a los suyos? Para empezar, el laicismo que lleva a preocuparse menos de las razones expuestas que de quién las expone; descarta irracionalmente que en la vecindad de la fe se pueda razonar. Por otra, su deriva ideológica que les impide reconocer al ser humano lo que con ardor se defiende para la naturaleza física.

   El ecologismo es para Benedicto XVI la más clara expresión de ese “grito que anhela aire fresco”. No duda en suscribir que la naturaleza “no es solamente un material para nuestro uso, sino que la tierra tiene en sí misma su dignidad y nosotros debemos seguir sus indicaciones”. Afirmarlo hace más doloroso constatar que haya a la vez quien admita que al propio ser humano sí se lo puede tratar de ese modo. Habría pues que recordar que “existe también la ecología del hombre. También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo arbitrariamente”.

   Es lógico que, después de este recorrido racional, no se renuncie a indagar el último fundamento. Hay que plantear “si la razón objetiva que se manifiesta en la naturaleza no presuponga una razón creativa”. La capacidad de la fe para servir a la razón de apoyo depurador, que no de sustitutivo, forma parte del “patrimonio cultural de Europa. Sobre la base de la convicción acerca de la existencia de un Dios creador, se ha desarrollado el concepto de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, la consciencia de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada persona y el reconocimiento de la responsabilidad de los hombres por su conducta”.

   Jerusalén, Atenas y Roma

   El ya citado Habermas viene desarrollando un discurso paralelo rebosante de laicidad positiva, convencido también como el Papa de que “la cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma –del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma”. De ahí que haya argumentado por su parte: “En las sociedades occidentales profanas, las intuiciones morales cotidianas presentan todavía el cuño de la sustancia normativa de las tradiciones religiosas en cierta medida decapitadas y declaradas por el derecho como asunto privado, en particular de los contenidos de la moral judía de la justicia del Antiguo Testamento y de la ética cristiana del amor del Nuevo Testamento”. “Este triple encuentro”, insistirá por su parte Benedicto XVI, “ha fijado los criterios del derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento histórico”.

   Armonía pues de razón y fe en la búsqueda de la verdad y en la consiguiente capacidad para hacer justicia. Ni para Pilatos tenía sentido preguntar qué es la verdad ni para Kelsen qué es la justicia. Convertirlos en arquetipo no deja de implicar un empobrecimiento reaccionario. Queda pues un aprendizaje pendiente para muchos no creyentes, que no se sienten suficientemente racionales si no tratan como irracionales a los creyentes, marginándolos discriminatoriamente del debate público.

   Mensaje a los musulmanes

   Un día después el Papa, con la experiencia de Regensburg sin duda en la memoria, planteó con suma delicadeza a los representantes musulmanes el reverso su mensaje: la importancia de la laicidad.

   Es lógico que el creyente valore y agradezca el gran don de la fe, rechazando toda exclusión laicista: los “musulmanes atribuyen gran importancia a la dimensión religiosa. Esto, en ocasiones, se interpreta como una provocación en una sociedad que tiende a marginar este aspecto o a admitirlo, como mucho, en la esfera de las opciones individuales de cada uno”.

   Ante esa actitud resulta pues razonable un rechazo compartido. La laicidad exige por el contrario respeto: se trata de “dar testimonio de forma propositiva de aquello en lo que cree, sin sustraerse al debate con el otro”; y en “Alemania, como en muchos otros países, no sólo occidentales, dicho marco de referencia común está representado por la Constitución, cuyo contenido jurídico es vinculante para todo ciudadano, pertenezca o no a una confesión religiosa”. Curiosamente mientras los laicistas rechazan el derecho natural por considerarlo religioso, los integrismos teocráticos hacen lo mismo por entender que marginaría lo religioso; otro proceso de aprendizaje pendiente…

   Si se llevara a cabo, musulmanes y cristianos, conscientes de que no es pensable que “una sociedad pueda sostenerse a largo plazo sin un consenso sobre los valores éticos fundamentales”, podrían “en cuanto hombres religiosos, a partir de las respectivas convicciones”, “dar un testimonio importante en muchos sectores cruciales de la vida social”: como“la tutela de la familia fundada sobre el matrimonio, en el respeto de la vida en cada fase de su desarrollo natural o en la promoción de una justicia social más amplia”. Toda una invitación implícita a compartir el propósito que encontraría clara expresión en la homilía en la Domsplatz de Erfurt: “No queremos escondernos en una fe solamente privada”.

   Andrés Ollero, de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
   Con la autorización de: aceprensa.com
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