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   El servicio por amor importa y mucho. Una casa se convierte en hogar por obra de un servicio lleno de amor. El servicio diario, ese que tantas veces no se ve, ayuda a la alegría familiar.

   Cuando ese servicio desinteresado y oculto falta en una familia surge la inseguridad entre los hijos. Es un servicio que se preocupa de lo básico para la vida. La limpieza, la comida, el bienestar. ¡Cuánto cuesta muchas veces esa entrega silenciosa!

   Parece algo poco digno ayudar en la vida doméstica, para hacerle la vida más fácil y ordenada a aquellos a los que uno ama. Para crear hogar.

   Hay personas que con su actitud servicial se multiplican. Quisiera ser yo así. Entregarme totalmente por amor. Vivir entregado. Servir porque amo. Es un don que brota del alma.

   En el matrimonio cada uno ama de forma diferente. El hombre necesita hacer cosas para expresar su amor. Más con hechos que con palabras. Es su forma concreta de decirle a su mujer cuánto la quiere.

   La mujer necesita que el hombre esté a su lado, simplemente, que le dé seguridad, que le recuerde que la ama.

   A veces falla el diálogo y la comprensión. Cuesta entender la forma de amar del otro. El amor se expresa de diferentes formas. Hay personas que aman en su servicio, en sus gestos. Otras en silencio.

   Cuando haga yo algo por amor quiero hacerlo siempre con alegría. Ya sea estar con la persona a la que amo. Ya sea servirla por amor. Que sirva sin pensar en lo que invierto en esa entrega.

   El servicio, nuestra entrega generosa, exige esfuerzo. Y hoy en día no se valora tanto el esfuerzo gratuito, desinteresado. A nadie le gustar dar algo a cambio de nada. Se buscan trabajos en los que haya poca exigencia y se gane mucho.

   Decía Diego Pablo Simeone: “El esfuerzo no se negocia. Es la magia que transforma los éxitos en realidad”. Pero no nos gusta sacrificarnos en aras de un éxito futuro y tan solo probable. Una entrega total en el servicio es lo que quiere Dios.

   Santa Teresa de Jesús nos dice que “un alma apretada no puede servir bien a Dios”. Un alma apretada no sirve con alegría. No quiero que mi alma esté apretada. Me gustaría entender mi vida como un servicio desinteresado y silencioso a la vida ajena.

   Así lo vivió el padre José Kentenich: “Deseo que Dios les brinde a todas las generaciones futuras muchas oportunidades de servir a las personas silenciosamente como lo he podido hacer yo. La riqueza más grande fluye, a modo de retorno, sobre aquel que se esfuerza por poner todas sus energías en el servicio de las almas”[1]. Me gustaría aprender a servir sin quejas. A servir con alegría. A servir sin esperar el aplauso, el reconocimiento.

   Servir es ser útil para alguien. Llegará tal vez el día en el que no seremos tan útiles. Nuestro servicio no será buscado y sentiremos que no hacemos nada importante. Nos dejarán de lado. Y en esos momentos seguirá quedándonos el servicio oculto a los ojos de los hombres.

   Cuando yo ya no pueda servir más, Dios se seguirá alegrando por mi vida. Y todo lo que haga será un servicio a Dios. Cuando coma o duerma, cuando calle o sueñe. Cuando sufra en silencio la enfermedad o la vejez. Todo será un servicio oculto y agradable a Dios.

   Sentiré que no puedo hacer ya mucho por los demás. Pero mi vida seguirá teniendo sentido como un acto continuo de entrega a Dios. Valdrá la pena lo que haga porque lo hago por Dios. Es el servicio que Dios espera de mí. Mi sí diario y entregado.

   Como leía el otro día: “Me pedía la entrega total de mí mismo, sin reservarme nada. Exigía de mí una fe absoluta: fe en la existencia de Dios, en su providencia, en su preocupación por el detalle más nimio, en su poder para sostenerme y en que su amor me protegería”[2].

   Me entrego sin reservas y confío en el poder de Dios. Todo lo hago abandonado en su misericordia. Es mi servicio más inútil y auténtico.

   A veces me gusta hacer sólo cosas importantes. Servir en cargos. Tener misiones llamativas y destacadas. Ser alabado por mi servicio generoso. Es todo tan humano tantas veces… Me da miedo querer servir sólo en cosas importantes. Buscar tareas que valgan la pena.

   Me hablaban de un sacerdote que se decidió por esa vocación porque soñaba con cambiar el mundo. Es verdad que todo joven quiere cambiar el mundo. Pero hay muchas maneras. Yo no me hice sacerdote para cambiar el mundo.

   Pero es verdad que al decirle que sí a estar con Jesús, mi vida cambió y mi forma de hacer las cosas. No sólo sirvo a Dios en las tareas importantes, cuando creo que cambio el mundo.

   Sea lo que sea lo que haga, si lo hago por amor al hombre y a Dios, será un servicio que cambie el mundo. Será el servicio más importante. Aunque nadie lo vea. Dios sí lo verá. Y mi entrega cambiará el mundo, porque ya está cambiando mi vida.

   Carlos Padilla Esteban. Original de http://www.es.aleteia.org
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