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   LA EDUCACIÓN MORAL Y RELIGIOSA EN EL REGLAMENTO DE ESCUELAS PÚBLICAS DE ENSEÑANZA PRIMARIA DE 1838.

   Con frecuencia, el recurrir al pasado puede ayudar a comprender el presente, en cualquier aspecto de la sociedad y por tanto también de la educación, y su influencia en el comportamiento humano. El actual sistema escolar de España tiene su origen en el título IX de la Constitución de 1812. Tras la muerte de Fernando VII en 1832, la reina Mª Cristina, su esposa y regente, se apoyó en los liberales moderados que se habían constituido como partido en 1833. Su primera medida que se puso en práctica en materia de educación, fue la ley que aprobó el Plan Provisional de Instrucción Primaria de 21 de julio de 1838, que se desarrolló en el reglamento de Escuelas Públicas de Instrucción Primaria Elemental, de 26 de noviembre del mismo año, en el que se regulaba, con minuciosidad, los distintos aspectos de la organización y funcionamiento de la escuela.

    Uno de los objetivos que se propuso este reglamento fue la mejora de las costumbres de la sociedad, para lo que, según el mismo, no bastaba con establecer escuelas, sino que era necesario además, organizarlas de modo que, en ellas, “las facultades morales sean tan cultivadas, por lo menos, como las intelectuales, ejercitándose la voluntad de los niños como se ejercita o deberá ejercitarse su entendimiento”, y consecuente con este objetivo, centraba la educación de la voluntad en la mejora de la conducta del alumno en los siguientes aspectos.

    En la creación de hábitos de aseo y limpieza, para que adquieran, desde los primeros años, la costumbre y el deseo de estar limpios. “El maestro examinará, todos los días, al entrar a clase, si los niños se presentan en la escuela con el debido aseo, procurando que se conserven limpios y anotando los que parezcan descuidados en esta parte, para corregirlos si es defecto personal, o estimular, con prudencia, el esmero de sus padres”

   En la formación de hábitos sociales adecuados en los niños en relación con sus compañeros y demás personas, para ponerlos “en el camino de la verdadera civilidad”. “Procurará el maestro, como una de sus obligaciones principales, que sus discípulos tengan porte y modales decorosos, y muy particularmente que no usen palabras o expresiones groseras, sucias u obscenas”, lo que dio lugar a la introducción en la escuela de la enseñanza de la urbanidad, hoy civismo que se funda sobre la dignidad del hombre.

    En la educación moral y religiosa. “Como el fin que debe proponerse el maestro no es solo enseñarles a leer, escribir, contar…., sino también y principalmente instruirles en las verdades de la religión católica, será cargo suyo dárselas a conocer por medios convenientes, disponiéndoles con buenos hábitos y sanos principios a cumplir con los deberes para con Dios, para con los demás hombres y para consigo mismo”. El mismo reglamento concreta para ello los tiempos y contenidos para el aprendizaje de la doctrina y las prácticas religiosas.

    En cuanto al aprendizaje de la doctrina establecía que “habrá lección corta pero diaria de doctrina cristiana, acompañada de una parte de Historia Sagrada, en la que se vean aplicadas las máximas y preceptos que se hayan explicado”, y además la tarde de todos los sábados se dedicará: primero al examen de la doctrina e Historia Sagrada que se haya estudiado en la semana, segundo al estudio del catecismo, especialmente de la doctrina cristiana.

    En cuanto a la práctica religiosa, se establecía, además de la oración a la entrada de las clases, los sábados por la tarde la lectura del evangelio del domingo siguiente y el rezo del santo rosario, el acompañamiento del maestro a los alumnos a la misa parroquial de los domingos, preparación para la Primera Comunión, acompañamiento a los mismos a la iglesia, cada tres meses, para que se confesasen, y dos veces por semana, concluida la oración de entrada, se destinará un cuarto de hora, a que algún discípulo adelantado o el maestro, lea, en voz alta, una máxima de la doctrina sagrada, haciendo el maestro las explicaciones o aplicaciones pertinentes con la participación también de los alumnos. Los medios más indicados para ello se indicaba eran, el ejemplo, lectura de libros de vidas ejemplares y el tener presente en todas las situaciones de la escuela los principios aprendidos. Se establecía también que para la instrucción y prácticas religiosas, el maestro debía ponerse de acuerdo con    los padres.

    El contenido de este reglamento, al formar parte de la cultura de la escuela, ejerció una gran influencia en la conformación de la sociedad española durante más de un siglo.

   Miguel Zapater Cornejo
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