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   El paradigma de las familias es el hogar de Nazaret. Su luz debe iluminar los hogares del mundo entero para que lo mundano no ahogue el amor, que es la raíz y el centro de las familias y, por tanto, de la sociedad.

   Ahora, en las sociedades que se llaman modernas y progresistas, el amor brilla por su ausencia, lo demuestra la violencia de género donde es evidente que no brilla el amor verdadero, como sucede también en la mayor parte de las actuaciones políticas, que parece que se empeñan en dividir, con las consecuencias que vemos a diario: guerras no declaradas, pero cargadas de crueldades inimaginables; destrucción de bienes construidos con el esfuerzo de siglos, cuando lo lógico es construir mejorando lo anterior.

   Los protagonistas de la familia, los padres, viven en un mundo donde priva la competencia profesional, la eficacia, donde todo se subordina al triunfo, al éxito y al bienestar, lo que genera enfrentamientos entre padres e hijos, por falta de tiempo y dedicación a la familia, y eso tiene un precio: desamor, divisiones, desuniones, pérdida de valores esenciales de convivencia, etc. un calvario que demuestra el fracaso vital de sus vidas.

   Vivimos unos tiempos en que el mundo intenta prescindir de Dios. Se devalúan, o desvirtúan conceptos como la Patria, la bandera, la familia, y virtudes como, el honor, la lealtad, la honradez, el pudor, etc. Por estos caminos se va a la “cultura de la muerte”, como sucede con la eutanasia, el aborto libre, etc. etc. Solo en España llevamos varios millones de futuros niños sanos, extraídos vivos, descuartizados. ¿Por qué ocurre esto? Porque cuando no hay amor se genera un vacío, un vacío que lo llena el egoísmo. Egoísmo que ahoga los valores espirituales y se termina dominados por los instintos primarios. Como los animales.

   Habrá que empezar por mirar el ejemplo de la familia de Nazaret para aprender a sembrar en el hogar el amor y la alegría, con espíritu de servicio y de sacrificio que generan paz y felicidad, donde lo primero es Dios, después la familia y en tercer lugar, el trabajo.

   Asomarse al hogar de Nazaret es contemplar un amor puro, humano y divino a la vez.

   El amor en el hogar familiar es un valor primordial en la vida, que debe estar por encima de todos los afanes humanos, no solo por su trascendencia, sino porque es el único que es capaz de llenar los más exigentes deseos de felicidad. A pesar de los sacrificios que conlleva.

   Antonio de Pedro Marquina.
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